De un tiempo a esta parte, algunos cineastas, algunos periodistas, han descubierto la rueda (cinematográfica). Ir contra las reglas, rebelarse, adelantarse, es comprimir las (en realidad bien claras) relaciones entre la realidad y la ficción. Salir del género narrativo ficticio para presentar bajo un disfraz documental (publicitario) algo que, siempre y a todos luces, es una invención (si acaso indie, de bajo presupuesto o experimental). Puede que el debate no interese a casi nadie: pero tal vez ha llegado la hora de hablar, en el documental, de fakes: de falsedades.
La imagen que precede estas líneas es una imagen fabricada, inventada, ficcionada por el gran mago de este siglo: la Inteligencia Artificial. Los límites de la presentación y la representación han saltado por los aires, y el pánico entre creadores, comunicadores y espectadores (¿consumidores?) se ha abierto en canal. ¿Será una herramienta que nos facilitará la vida? ¿Nos hará soñar más? ¿Nos mentiremos aún más? El tiempo, como dice la sabiduría popular, pone a cada uno en su lugar. Pero no es casualidad que la cima de la desinformación, la desconfianza ciudadana hacia los medios, la explosión de las noticias falsas, el ascenso de las políticas reaccionarias y totalitarias, y algunos sustos apocalípticos se estén dando la mano. En un período de gran complejidad y confusión la Humanidad está pidiendo soluciones fáciles. La versión del mundo que explican los Trump, Putin, Netanyahu, no ha nacido ayer: se ha cultivado pacientemente y es la Gran Cosecha. Así que, ¿cuál es nuestra contribución a esta enorme bola de espejos deformantes? ¿Añadir leña a la fogata o actuar con responsabilidad?
«No dejes que la verdad te estropee una buena historia»
Mark twain

Esta archiconocida cita -sobre todo entre periodistas, con la variación de «no dejes que los hechos»- ni siquiera pasa un test de verificación: es atribuida. Pero se ha convertido en un leit motiv latente para storytellers, influencers, youtubers, tiktokers, y todo aquel interesado en generar impacto, más bien fama, comunicando. Es la cumbre del momento: y ese momento de gloria cada vez dura menos. Como decía el director del periódico de Primera Plana: «¿quién va a leer el segundo párrafo de la noticia?» (y es una obra de hace casi un siglo). La gente más alerta ha levantado los puños: basta de mentiras en los medios. Incluso cuando se admite su falsedad, como el «Papa Trump«, saltan las costuras. La imagen que ha recorrido el mundo es una mentira declarada, una broma, una creación, una ficción. Y está bien decirlo: tampoco es para tanto. Pero, ¿y si hubiera sido una portada sin advertir de la falsedad?
El contexto lo es todo. Si estamos leyendo, viendo, oyendo noticias. queremos la verdad, que no es un absoluto, sino lo que Carl Bernstein (ya saben, el gran héroe junto a Bob Woodward del reportaje que destapó el Caso Watergate) califica como «la mejor versión disponible de la verdad«. Curiosamente, es un periodista entusiasta y dice que estamos en la «era del renacimiento del gran periodismo». ¿Por qué? Porque ante la avalancha de mentiras y falsedades que nos rodean en medios sociales y nuevos híbridos, la gente necesita información limpia.
Me alquilo para soñar
Tomo prestado del gran García Márquez uno de mis títulos favoritos. Un relato que no habla de «ovejas soñadas por robots» sino de otras realidades (lo tienen en Doce cuentos peregrinos). Me sirve para asomarme a la idea génesis de este texto: la realidad es infinita, pero una ficción es una ficción.
Sin ánimo de molestar a nadie, pero hace poco me tocó vivir un engaño organizado, entorno a una película. Acudimos una buena tarde, en familia, a ver un documental que podría ser interesante ver con mi hijo adolescente, y nos encontramos una ficción (entretenida, curiosa, ocurrente, impostada). Lo malo de dedicarte al cine es que somos sastres y vemos las costuras con rapidez. En el turno de charla coloquio, se fue desvelando con sinceridad accidentada que la película había ido encontrando su camino cuanto más se asomaba a la ficción. De hecho, en la propia trama cinematográfica se ofrecen claves del juego metanarrativo, de personas que son personajes y -tal vez- buscan desesperadamente un autor (que les lleve a puerto). El cine es, sin duda, creación, y cada uno puede jugar con los géneros, códigos, estilos, como quiera, con una única regla (a mi buen entender): no mentir.
Estoy hablando de A nuestros amigos (Adrián Orr, 2024). Esta producción se presenta en la publicidad, en festivales, noticias, reseñas, y en la ficha del catálogo oficial del ICAA como un documental. Esto es así porque se ha registrado así por los productores y responsables del film. En las etiquetas (opcionales, no obligadas) se incluye además el término «docu-ficción». Al preguntarles, en cuánto se abrió el turno de intervenciones del público, algo molesto por lo que estaba escuchando, no pude menos que recriminarles por esta falsedad. Presentar como una captura de la realidad, una presentación, un seguimiento de un grupo de jóvenes mostrándose con enorme intimidad y sinceridad, en actos y diálogos, cuando en realidad todo está guionizado, creado, ficcionado, es un insulto al documental, y al espectador.
Ya desde los primeros planos, en una situación dramática de una incursión nocturna en una piscina privada, de la que los protagonistas huyen corriendo para que no les pillen, en el encuentro con los creadores (director y co-guionista) se nos reveló que todo estaba pactado con unos amigos residentes en el bloque al que pertenece la piscina, y que no se lo contaron a los protagonistas para dar mayor realismo… El caso creativo es tal que recientemente su director ha declarado:
los festivales de cine categorizan la película como documental. No entiendo el documental y la ficción como algo opuesto.
No es así, querido colega. Los festivales no eligen la categoría, menos aún si es un festival de cine documental. Y no se trata de oponer géneros, sino de no jugar a confundir. Del mismo modo que cuando leemos una noticia no nos guste descubrir que es un cuento, una invención. Es lícito usar el estilo documental a la hora de ejecutar una película, pero dentro del contexto de la verdad.
Documentar, documentir
Pero como decía Super Ratón «no se vayan todavía, aún hay más«. Porque cada vez es más habitual encontrarse producciones que trabajan historias guionizadas, ficcionadas, y luego se empaquetan como documental. Son películas que fascinan por sus situaciones, cercanía a las personas, capturas de momentos casi imposibles, y que luego resultan ser puestas en escenas detalladas sobre guiones inventados. Algunas productoras se están especializando en este asunto (ya no voy a dar más nombres). Porque, claro, funcionar dentro de los códigos éticos de respeto a las personas y la realidad supone mucho trabajo, mucho coste de producción, y a veces resultados no tan explosivos… Documentar no es documentir. La realidad, lo real, se resiste a las manos nerviosas del inventor de historias.
Como parece que el asunto me persigue, aproveché un hueco de tarde para completar filmografía en el maravilloso programa de películas de Agnés Varda que se ha recuperado en Filmin. Pocas personas, pocos creadores se han movido con tanta libertad en la ficción y el documental, con libertad, audacia, y mucha honradez. Pero algunos siguen empeñados en recocinar lo innecesario, y resulta que una miniatura llamada Documenteur (1981), concebida como acompañamiento o juguete alrededor de su delicioso Mur Murs (1981), se categoriza en la plataforma como documental y en el texto de presentación se habla de no-ficción. Pura pereza, como mínimo, ya que Varda lo dejó bien claro_ el título habla de un «documentiroso» (es decir, un divertimento metadocumental para una historia mínima, rodada eso sí con puro estilo verité); además, observen la cartela de créditos al inicio:

Aparte del juego con el título, sacado de un diálogo del film, Varda firma sin paliativos: «un film de ficción, escrito y dirigido por Agnés Varda». Directo, claro, sin rubor, libre, rebelde, decente. ¿Se saltaron esa película en clase nuestros jóvenes leones cineastas transgresores?
Algo parecido me sucediò con el (autonombrado) documental El Otro (2020) del chileno Francisco Bermejo; un juego de luces y sombras con el protagonista, que acaba distorsionando el relato por una intervención funesta de ficción y misterio, grave por lo que ha podido ser trabajar y explotar la enfermedad mental de esta persona. Lo que parece un duelo de seres, gemelos, acaba siendo un diálogo inventado por el cineasta, justificado por las conversaciones imaginarias que este hombre aislado y demente (convertido en personaje de ficción) tiene con su desdoblamiento. Como dicen los trilleros: «¿dónde está la bolita?».
Ahora qué vamos despacio, no contemos mentiras. El documental puede tener unas relaciones amistosas -incluso carnales- con la ficción, influirse simétricamente, montarse juntos en el carrusel del cine experimental. Pero deben encontrarse con respeto, y decirse: «tú ve por allí, que yo voy por aquí». Esto es importante no como límite a la creación, sino como pacto de juego limpio, con el espectador, y con los colegas cineastas del documental que merecen su ecosistema, rico y profundo, sin incursiones interesadas, exacerbadas por la competición salvaje que supone la ficción cinematográfica, contra plataformas y presupuestos millonarios. Podemos crear en libertad, imaginar híbridos, experimentar, desde la honestidad. No vender cuentos como noticias, no circular ilustraciones como fotografías, no pretender realidades siendo ficciones. Documentir puede ser un arte, documentar es un compromiso con nuestro tiempo de falsedades.